8 sept. 2014

Libertad de movimiento... a todas las edades (O qué ocurre cuando no le decimos a los niños qué deben hacer)

Todos tenemos un poco de miedo al vacío. A no tener nada que hacer. Pensamos que si no nos organizamos bien no avanzaremos, no aprenderemos, no conseguiremos nada. Fruto de esa idea nacen las ajustadas programaciones, programaciones que lenta y subrepticiamente han ido colándose en todos los ámbitos de nuestra vida, incluyendo el tiempo de ocio.

Durante algunos veranos apunté a mi hijo en campamentos urbanos. Me daban una hojita de actividades apretadas que, cuando vi por primera vez, colmó todas mis ambiciones maternas: con una superactividad cada hora estaba claro que todas las necesidades de entretenimiento quedarían cubiertas. Un ejemplo real, de una mañana de campamento: fútbol, rocódromo, fama (baile), natación... ¿quién da más? Pero resultó que a mi hijo no le gustaron nada los campamentos, ni ese ni otras variedades que seguí probando. Yo me preguntaba... ¿qué falla en este planteamiento, con lo "guay" que parecen todas estas actividades?

Este verano he buscado un campamento familiar en el que compartir unos días con los niños, es decir un campamento pensado para familias con hijos. Lo busqué expresamente con actividades para todos los que íbamos (yo -madre-, Iván -12 años-, Ángela -4 años-). En casa estuvimos planeando todas aquellas actividades que nos ofrecía el programa y que haríamos juntos. Camino del campamento pasamos un par de días en Port Aventura, lo teníamos pendiente y disfrutamos mucho. Y después llegamos. Entonces ocurrió... ¿Qué pasó?

Que los niños se reunieron. Y empezaron a revelarse. Que nos dejaron a los padres, al menos el mío lo hizo, colgados con el geocatching, la biodanza y las canoas. Los veíamos ir y venir por el campamento, ahora con una invención, ahora con otra. Jugaban al fútbol, sí, o se escondían en el castillo, bajaban a la piscina o se subían a los columpios de los pequeños. Conforme avanzaban los días dejaron de comer con nosotros (comían juntos), y de asistir definitivamente a las actividades programadas. Iván, que era de los mayores, salía de la habitación a las 9 de la mañana y volvía a las 12 de la noche. Tras la primera decepción (¿no íbamos a descubrir juntos las estrellas en el taller de astronomía?) me di cuenta de que por fin le estaba ofreciendo la experiencia que necesitaba: libertad de movimiento, esa experiencia tan escasa y difícil de conseguir, sobre todo cuando se vive en una ciudad. Y con un extra, añadido sobre la marcha... ¡ningún plan!

"¿Qué ocurre cuando no le decimos al niño qué tiene que hacer, cuando no le hacemos propuestas?", preguntaba mi profesor de Psicomotricidad, José Ángel Rodríguez, en la primera clase que me dio. Pues ocurre que el niño juega a lo que de verdad quiere. Lo que de verdad le importa y le mueve. Por fin.

El día que volvíamos, Iván me dijo: "Me lo he pasado genial, mamá, ha sido lo mejor". Se notaba en su cara, en sus ojos, en su voz. "Mejor que Port Aventura", remató.

Lidia García-Fresneda

2 comentarios:

  1. Me encanta tu nota, estamos en un mundo tan rápido y muchas veces con la mejor intención, preparamos actividades para los niños en las que esperamos que respondan como adultos. Muy importante lo del juego libre y el movimiento libre. Darles la oportunidad de que aprendan a aprender.

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  2. Gracias Caro, por tu comentario, muy acertado lo de que esperamos que respondan como adultos!

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