26 ene. 2014

¿Es tan importante un buen vínculo materno-filial para el desarrollo de nuestro hijo?



Independientemente de los consejos recibidos sobre cómo actuar con nuestro recién nacido, las mamás tenemos claro algunos conceptos aún de forma básica: comida, sueño, confort y mimos (ser sostenidos, acurrucados, besados…) son los aspectos que un bebé necesita para desarrollarse de forma equilibrada. Sobre cómo hay que responder ante ellos ya iremos aprendiéndolo a medida que ejercemos nuestra tarea de ser madre, a través de ir conociendo con los días y las semanas cómo nuestro bebé manifiesta sus necesidades y como responde ante nuestros cuidados. 

Si sólo uno de estas cuatro áreas falla, el desarrollo óptimo de nuestro hijo se ve afectado. Aunque, mirado de otro modo, uno de ellos garantiza la consecución de todos los demás: el amor que sentimos por nuestro hijo.  El vínculo amoroso que se establece entre el bebé y su madre hace que ella responda de forma certera a sus necesidades. Algunos científicos afirman (Kennel y Klaus, 1976) que momentos después del nacimiento se establece una simbiosis amorosa entre la madre y bebé, por eso lucharon por cambiar las costumbres obstétricas hospitalarias de separarlos después del parto. Los bebés humanos son muy dependientes de sus cuidadores porque nacen “antes de tiempo” debido al estrechamiento de las caderas de nuestros antepasados, al adoptar la postura erguida  hace varios millones de años. La naturaleza garantiza que esta extrema dependencia sea cubierta por sus progenitores a través del vínculo creado con ellos desde el principio. ¿Qué dicen los teóricos sobre esta relación emocional que la mayoría de los padres consideran como la más fuerte de sus vidas?

El psiquiatra inglés J. Bowlby  sostenía que la primera relación que establecemos en nuestra vida (con nuestra madre, o cualquier otra figura maternante) determina nuestro desarrollo. Una separación traumática del bebé con su cuidador, o una crianza poco adecuada a las necesidades del bebé podrían ser causa de futuros problemas relacionares y de comportamiento. Su teoría no fue bien recibida entre la comunidad psiquiátrica de mediados del siglo pasado, pero otros dos teóricos vinieron a apoyar su tesis. René Spitz (1947) mostró la tristeza y la soledad de los niños en orfanatos. Sus cuidadores garantizaban el buen desarrollo de sus funciones biológicas, sin poner atención en sus necesidades emocionales. Los niños respondían con estrés, pasividad y mostraban signos de depresión.  Se instauró en ellos la certeza de que no podían influir en su destino y que no eran merecedores de amor. Muchos de ellos crecieron con problemas mentales y otros murieron. Harry Harlow (1958) estudió el vínculo materno-filial entre los monos Rhesus. En su investigación los bebés mono eran separados de sus madres. En sus jaulas había dos mamás mono, una fabricada con alambre de la que se podía obtener leche de sus pechos, y otra fabricada de pelo de la que no se obtenía alimento. Se observó que los bebés hambrientos obtenían leche de la gorila que lo proveía, pero que una vez satisfechos se acurrucaban con la gorila de pelo. Esto vino a desmontar la creencia de que el vínculo emocional entre madre e hijo se establecía simplemente con la lactancia. Demostró que los bebés, más allá de su alimento, necesitan contacto. Posteriores estudios demostraron que los bebés mono separados de sus padres tenían problemas en su relación con otros compañeros y poca capacidad para criar a sus hijos.

Si bien está plenamente aceptado que la calidad de los cuidados físicos y, principalmente emocionales que el niño recibe durante su infancia va a influir en la globalidad de su desarrollo (su autoestima, su forma de enfrentar las dificultades, sus miedos, sus relaciones con los demás...), no se sabe todavía hasta qué punto las futuras vivencia y  relaciones personales afectan o modifican estas experiencias base. Algunos teóricos del desarrollo humano nos alertan de que poner todo el peso en la vida familiar de los primeros años a la hora de explicar problemas de desarrollo, aprendizaje o conductuales  puede hacer que los padres de hoy en día vivamos demasiado estresados. Cuántas madres sufren porque su parto no fue natural, porque no consiguieron dar lactancia materna a sus hijos,  porque sus bebés nacieron prematuros y no pudieron estar en sus brazos desde el principio…

El pediatra americano T. Berry  Brazelton siempre puso especial interés en ayudar a los padres a sentirse competentes como tales. Entendía lo difícil que podía ser para los ellos compaginar su vida laboral y su función paternal. A propósito del vínculo entre madre y bebé que, según Kennel y Klaus, se crea justo después del parto, siendo por tanto éste un momento crítico que no se puede perder, Brazelton comentaba: por supuesto que es una respuesta instintiva, pero no tiene por qué ocurrir de un día para otro; el algo que se va creando y fortaleciendo con el contacto diario. El pediatra inglés D. Winnicott pensaba que las familias recibían escaso apoyo en la difícil tarea de ser padres. Sí recibían exposiciones sobre cómo hacer las cosas con sus hijos, pero él creía que eso no les empoderaba. Alertaba a las enfermeras y pediatras sobre los peligros de dar a las madres “reglas” sobre cómo responder ante las necesidades de sus pequeños. Sólo con apoyarlas, escucharlas y hacerlas sentir capaces podían conseguir mejores cuidados para los niños que dando recetas universales. La madre “suficientemente buena” (concepto creado por Winnicott) es la que es capaz de responder con amor a los requerimientos de su hijo, la que disfruta de su maternidad.


Montserrat Reyes
Fotos: pinterest

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